lunes, 4 de julio de 2011

Viaje al Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici

Cenita en Juquim.
            Llegamos al hotel el miércoles después de unas cuantas horas de viaje, con ganas de dejar los bártulos en la habitación e ir a degustar los manjares autóctonos. Si alguna vez vais a Espot no podéis dejar de ir al restaurante Juquim y pedir el “Paté de la casa”, el “Filet de cuixa de senglar” y la “Crema freda de iogurt”, es algo que no es fácil de encontrar y una delicatessen difícil de superar, aunque todo lo que hay en la carta está especialmente bueno. No esperéis que os cueste 15€ por persona, ponedle unos 35€, pero merece la pena, en realidad es muy barato.

"Pafter" d’Espot.
            Después de un homenaje así, no tuvimos más remedio que ir al único pub/after del pueblo que había abierto para tomar un “digestivo”. Un lugar muy agradable, con futbolín, dardos, billar y música rockera. Tras unas copas y unas partidas de futbolín, nos marchamos a descansar porque al día siguiente empezaba… “Carros de foc”.

La ruta del mal.
            No tardé más de veinte minutos en darme cuenta de que iba a morir en el transcurso de la travesía. La endiablada velocidad del ansioso cabecilla y la pendiente del terreno auguraban que la agonía sería larga y dolorosa. Sin embargo, con las piernas ya calientes y tras un mini descanso, parecía que el reto podría tener un final feliz.
            Llegamos al primer refugio, Amitges, donde un equipo de grabación de video nos pidió que, si por favor, podíamos volver unos metros atrás y aparecer de nuevo tras la curva para que pudieran filmarnos, a lo que Pepe respondió que sí, pero que no habría una segunda toma.
            Un rápido refrigerio, una recarga de líquido vital, y alguna descarga de fluidos. Nos pusimos de nuevo en camino dispuestos a conquistar el siguiente refugio.

El guarda equilibrista del refugio de Saboredo.
            Debíamos llevar ya unas cuatro horas y media de caminata, habíamos ascendido más de cuatrocientos metros de altitud, y llegamos por fin al lugar donde íbamos a comer. Agua para hervir en el hornillo, sobres de sopa y pasta china, nada que ver con la cena del día anterior, aunque estábamos tan cansados que nos sabía igual de bien. El dueño del hogar era un simpático lugareño con sombrero tan extraño como su acento. Aficionado a practicar, no con mucha maña, equilibrios sobre una tensada cinta y a leer un curioso cómic de tapa dura que aparentaba contener más de dos mil páginas.
            Se alegró el guarda de saber que Mulatito no iba a descansar para siempre en sus terrenos. Continuamos la marcha, teníamos dos horas y media hasta el siguiente refugio, Colomers. Probablemente el de paisaje más bonito de todos. Descanso programado y prosecución de la marcha. Nos quedaba el último asalto del día, calculábamos hora y media, máximo dos y a dormir.

Restanca o la muerte.
            Después de una media hora de caminata por senderos de la muerte, con pendientes de subida terribles, llegamos a un llano en el que decidimos parar unos minutos. Pasó por delante nuestras narices un joven con pinta de holandés y un desubicado náufrago, ambos flacos como piojos de peluca y con cara de haber empezado a andar en ese momento. También pasó ante nosotros un personaje al que después llamamos el “puto viejo cabrón”, y que nos dijo que: “naah, una subidita, un llano y una bajadita final al refugio”. Pensándolo después, probablemente fuera de Bilbao.
            El problema vino cuando vimos el cartel que anunciaba que el destino del día estaba a tres horas y media. Llevábamos siete y media, teníamos el agua justa para una hora más, los pies destrozados y el ánimo por los suelos. Solo la escasa probabilidad de reencontrarnos con el “puto viejo cabrón” para explicarle cuatro cosas y el hecho de que, dada la situación, solo podíamos seguir para adelante o seguir para adelante, hizo que finalmente, siguiéramos para adelante.
            Llegamos por fin al refugio de la Restanca, entre maldiciones y ahogados llantos, una hora mas tarde de lo previsto y, a diez minutos de la hora límite de servir la cena. Afortunadamente se apiadaron de nosotros las chicas que regentaban el lugar y pudimos descargarnos, avituallarnos y adecentarnos para después, pasar a descansar en una habitación, compartida con otro grupo de seis, simpáticos, catalanes, que entre carcajadas, pedos y ronquidos, hicieron que esa noche sea inolvidable de por vida, al menos para mí.

El reflejo de la inglesita.
            Una de las cosas que yo no había experimentado anteriormente, y que ahora creo que debería ser obligado por ley, es el uso común de los baños y duchas. Duchas individuales, por supuesto, pero de uso indistinto de sexos.
Y estando yo en esos higiénicos menesteres, y habiendo abandonado los propios mi compañero, ocupó su cubículo una joven inglesita, que previamente nos cedió su turno de ducha, con mucha generosidad, probablemente por algún tipo de temor. No contaba la pobre, con que la casualidad, iba a permitirme observar, gracias a los restos de agua dejados en el suelo por mi compañero, así como el afortunado exceso de luz que iluminaba su ducha, y el premeditado ángulo de visión buscado por mi calenturienta mente, el reflejo de su proceso de desvestimiento. Apenas unos borrosos segundos, hasta que el chapoteo de la ducha acabó con mi ilusión como el cartel de los 72 minutos de megavideo, pero que quedarán grabados en mis retinas como el video del niño más tonto del mundo. No tuve más oportunidad ni ganas de pensar en ello, pues no era el tiempo ni el lugar. Y digo el tiempo porque, desgraciadamente para mí, es probable que le duplicara la edad.

El contenido secreto, del video no tan secreto.
            Hubo un vídeo, cuyo protagonista me pidió que nunca hiciera público y cuyo contenido solo es conocido por los que formamos parte de la expedición. Así será.

Taxi, por favor.
            A la mañana siguiente, tras un desayuno al que de nuevo llegamos tarde, y después de decidir que ese día no íbamos a hacer ruta, bajamos hasta el lugar donde un taxi nos llevaría a donde pasaríamos la noche. Tras negociar con el taxi driver y después de hacer un trasbordo, emprendimos el viaje. Atravesamos Baqueira, esquivamos una manada de “vacallos” (caballos gordos como vacas) que caminaban tranquilamente por nuestro carril en contra dirección, y sorteamos, sin exagerar, cuatrocientos millones de curvas, para llegar por fin a Espot y coger nuestro coche.

La niña del hall.
            Llegamos al hotel. En el mismo se alojaba ese día un numeroso grupo de niños, al parecer pertenecientes a un campamento de verano. Nos llamó la atención el exagerado desarrollo de una chica en particular, acompañada de sus padres, que no debía de contar más de quince y que presagiaba futuros problemas lumbares.

El logro del “Logro”.
            El día anterior habíamos acumulado experiencia suficiente como para subir de nivel. Ya éramos senderistas de nivel 2, con +1 a resistencia física. Conseguimos el logro del refugio y desbloqueamos un par de rutas nuevas. (Párrafo Friki).
            Como el jueves teníamos todo el día por delante, nos dedicamos a conocer la zona, y decidimos ir a algún pueblo cercano a comer.
Probamos en uno en el que encontramos a un “logro” mitad loro, mitad ogro. Un ser barbudo y primitivo con nariz aguileña al que estuvimos tentados de ofrecer unas pipas de girasol.
Acabamos comiendo en el restaurante de un hotel que hay en València d’Aneu, nos quedamos con las ganas de decirles que nosotros también éramos valencianos.
Volvimos al hotel a hacer una siesta, por la tarde nos tomamos unas cervecitas y nos fuimos otra vez a cenar y al pub a tomar un digestivo.

La escala pirenaica.
            Pudimos comprobar que la fiesta, no es uno de los hobbies de la gente de Espot, éramos los únicos moradores del garito, aunque en realidad, no necesitábamos más.
            Fue curioso sin embargo, advertir que la población femenina del lugar, no encajaba en los baremos habituales de puntuación. De manera que desarrollamos la “escala pirenaica”, por la cual, una mujer autóctona puntuada con un cinco, en la escala universal tiene una puntuación aproximada de 8. No encontramos ninguna merecedora de cinco en la E.P. Tan solo vimos una, en Sort, trabajadora de una inmobiliaria (Finques Planes), que rompía todos los moldes y escalas, cercana a la divinidad. Obviamente no debía ser de allí.

La paradoja pirenaica.
            Tras analizar los rasgos faciales de los lugareños, Alex decidió que las mujeres parecían hombres, y los hombres parecían mujeres. Pudimos contar demasiados ejemplos. Aunque al igual que su “teoría de repoblación”, él sabría explicar mejor.

Alejandro, el corredor misterioso.
            Como lo acaecido el viernes no tiene mayor transcendencia, resumiré diciendo que el sábado acabamos cenando de nuevo en Juquim, bebiendo de nuevo en el pub rockero, solo que más, y haciendo una carrera cuesta arriba en la que Alex, con tendinitis en su rodilla, llegó el primero y quedó subcampeón.

Gracias Rafel, Pepe, Alex y Oscar, ha sido un viaje fantástico que habrá que repetir.

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